Cuento

La Sal

Creo que en un pasaje de la Biblia, dice que los creyentes cristianos, son; “La Sal de la Tierra“. Eslogan muy repetido desde los pulpitos, en repetidos sermones y diversas publicaciones religiosas, para darle importancia a la creencia y militancia en una determinada religión o filosofía de la vida.
Pero La Sal, no sirve siempre para darle sabor a los alimentos, algunas veces, es para lo contrario, el exceso de sal, inutiliza los alimentos, hasta no poder comerlos y hasta dañarnos la salud. 

Se me ocurre una pequeña historia o cuento, como lo queráis interpretar. Existía un personaje, que llamaremos PASCUALIN, muy travieso él, se propuso demostrar que este condimento o especie, llamada Sal, no siempre es un ejemplo positivo.

Invito a unos amigos muy gorrones, que siempre iban buscando a ver quien les invitaba, aunque ellos nunca tenían tiempo para invitar a nadie.

Pascualin pensó; a estos les tengo que escarmentar de alguna forma. Les invito una vez más, a comer una pizza de espinacas recién recogidas de su huerto.

Preparo conscientemente las pasta, que serviría de base para las espinacas, las hirvió, e hizo una salsa de tomate con mucha sal, puso más sal que tomate, le añadió algo de queso y la puso al horno, así pensó, voy a enseñar a estos glotones un poco de civismo. Algunos de los comensales, eran grandes entendidos en gastronomía. Cuando saco la pizza del horno, tenía un maravilloso aspecto, el queso estaba bien derretido, olía a parmesano, un queso fuerte en olor y sabor. Uno de los más lanzados de sus invitados, se atrevió a decir, este aspecto de la pizza, nunca lo vi en ninguna pizzería, tiene que estar riquísima. 

Pascualin, se relamía de contento, al pensar, en la cara que pondrían sus gorrones invitados, cuando le hincaran el diente. Y así fue. Cada uno de ellos cogió un trozo de

pizza, buscando siempre el trozo más grande, pues no eran de los educados que se conformaban con el pequeño, querían, siguiendo con su ambición, el más grande. No os podéis imaginar mis queridas escribidoras y escribidores, la cara que pusieron todos y cada uno de ellos, al dar el primer bocado y empezar a saborear la pizza.Literalmente estaba incomible, solo sabia a sal, ¿ Cómo era posible?. Sabían que Pascualin era un buen cocinero. Se miraron unos a otros, con los ojos llenos de lágrimas, no daban crédito a los que sus papilas de gustativas notaban.

Por vergüenza no dijeron nada, algunos a duras penas comieron un par de trozos, pero empezaron uno a uno, a poner escusas de compromisos adquiridos, de indisposiciones, de dolor de barriga y se fueron levantando y desapareciendo de la mesa uno detrás de otro. Nunca más volvieron a aceptar un invitación de Pascualin, el cual, contento y Feliz, todavía se está riendo de los amigos gorrones.

Zurich agosto 2019.Miguel Soto

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